Por un puñado de monedas:
una reflexión respecto al auge de las máquinas tragamonedas.
YA están más que vistas. No han dejado lugar urbano indemne, sin importar si se trata de la periferia o del centro de la capital e incluso causando estragos con su multiplicación en otras regiones. Ordenadas contra un rincón, apelotonadas en nauseabundos locales de pollo y papas fritas, irónicamente brillantes, o dando la bienvenida a bazares-fachada, con menos de diez artículos en stock. Hasta el peor de los casos, donde, contenidas en locales infrahumanos, llenándolos de pared a pared, asemejan una fila de androides invasores.
Tal “invasión” ha sido juzgada por las autoridades como una amenaza. El jugar con estas maquinitas enviciaría. De allí surgiría la figura del vicioso, el “ludópata”, la nueva palabra “culta” de la temporada que viene a enaltecer a los imbéciles de turno. A esta “amenaza”, se suma la ilegalidad de las que han sido acusadas. ¿Por qué ilegales? El debate en ese punto se centra en normar su tenencia, distribución, número y uso, además de asignarles un estatus dentro de lo jurídico-político y económico.
Por ahora, quienes reclaman por su regulación, los llamados “microempresarios”, se identifican con su propiedad, las maquinitas; mientras que los casinos, hípica y juegos de azar son los grandes grupos económicos, que presionan al estado para terminar con el “vicio”, manteniendo su dominio monopólico sobre el “juego”. Otro símil se produce entre la adicción a jugar y las drogas, sólo piénsense además en la relación del mercader de pasta base y el jerarca de la CCU (Compañía de Cervecerías Unidas (sí, claro, hágase el que no sabe de que se trata la sigla)).
El juego como Vicio, del latín vitĭum: 1) Mala calidad, defecto o daño físico en las cosas. 2) Falta de rectitud o defecto moral en las acciones. 3) Falsedad, yerro o engaño en lo que se escribe o se propone. Vicios de obrepción y subrepción. 4) Hábito de obrar mal. 5) Defecto o exceso que como propiedad o costumbre tienen algunas personas, o que es común a una colectividad. 6) Gusto especial o demasiado apetito de algo, que incita a usarlo frecuentemente y con exceso. 7) Desviación, pandeo, alabeo que presenta una superficie apartándose de la forma que debe tener. 8) Lozanía y frondosidad excesivas, perjudiciales para el rendimiento de la planta. Los sembrados llevan mucho vicio. 9) Licencia o libertad excesiva en la crianza. 10) Mala costumbre que adquiere a veces un animal. 11) Cariño, condescendencia excesiva, mimo.12) Sal. Estiércol, abono.
También conocido como: Salón de juegos del pisoteado, casino del pobre.
Sin embargo, lo que parece esconderse tras la discusión sobre el juego, es el cómo se juega, y aún más, el con que se juega. Piénsese que se juega con monedas, para obtener como premio aún más monedas. De allí ya comienza a verse algo extraño.
Hay una escena que no es preciso siquiera imaginarla, sólo hay que recordarla: Aquel hombre o mujer, que, entre las ocho y las nueve, de vuelta del trabajo, se fuma un cigarrillo sentado frente a una de estas maquinitas, taciturno, metiendo moneda tras moneda, bajo la lánguida luz que se refracta en el pequeño pasillo de baldosas, como un oasis entre la negrura pérfida de la calle. ¿Qué es lo que busca lograr? La respuesta es muy simple: un triunfo. Las máquinas tragamonedas brindan la posibilidad de triunfar al menos una vez, de arrebatarle al trabajo lo que nunca brinda, lo que sólo presenta como una promesa que jamás se presenta. En una sociedad donde las maquinarias espectaculares llenan todos los rincones del espacio urbano, y donde los hombres y mujeres se hayan enfrentados a la pauperrimización de su cotidianeidad; un triunfo personal, facilitado por la máquina, se hace más que deseable, sobretodo para aquél cuya vida y trabajo están al mismo nivel: los que han visto su vida fragilizada por el actual sistema económico y su manifestación política: la democracia neoliberal. Este triunfo se vuelve aún mejor si lo que se gana es justamente la sustancia que más adicción causa, la más codiciada: Dinero. Y aún, aún más mejor si ésta se presenta como materialidad, como cantidad objetivada, ya no cualificada en valor. Las monedas, en un instante mágico, gracias a la máquina y el juego que esta provoca, vuelven a ser pura objetualidad; en el momento alquímico cuando éstas tintinean sobre una lata al salir despedidas como parte del premio, de la recompensa que el juego promete a sus adeptos. Verlo es increíble e indescriptible, vivirlo, un sacramento para aquél que ha hecho del dinero una religión, para aquél que se ha visto re-ligado al mundo por el dinero (aunque en realidad se halle re-legado).
Sin embargo, los pequeños administradores del juego no han podido ver nada de esto, para ellos el problema es muy distinto.
¿Que hay detrás de la normativización?
El ingreso del estado en aquel leve triunfo. A los proletarios no les está permitido ni siquiera un triunfo personal sin que éste no esté mediado por el estado o sus sostenedores, la burguesía oligárquica y sus monopolios.
“Nociva proliferación de máquinas tragamonedas” se titulaba la editorial de la tercera el día 19 de julio, en un claro gesto que buscaba la normativización, y aún más, el cierre de estas máquinas que, según rezaba el texto aludido; “significa una violación de la ley que pone en situación de riesgo a miles de personas, especialmente adolescentes y niños”, o, como dijo Rodrigo Delgado, alcalde de Estación Central: “Una dueña de casa sale con la plata justa a comprar, lamentablemente, se tienta con este tipo de máquinas y termina muchas veces gastando el presupuesto del día”
Acá nos hallamos frente a otro enfoque: el ciudadano medio que acude a estas máquinas es un niño, un ser desprovisto de entendimiento y capacidad para darse cuenta del “daño” que se hace a sí mismo al jugar. En otras palabras, el juego es peligroso, trae el vicio y la modorra, y hace la vida fácil, pues coloca en jaque al trabajo. Es decir, no se le puede quitar tiempo a la producción, el trabajador que juega resta al mísero sueldo que se le da para solventar sus necesidades el tiempo y dinero dado para su reposo. La autoridad burguesa busca arrebatarle un placebo para devolverle su dignidad, la única que le corresponde según su condición: la de no poseer nada más que el tiempo y el dinero que reporta el robo que es su trabajo. Se evita que "caiga en el vicio" devolviéndolo al vicio del trabajo y del tiempo de reposo que éste reporta.
La voz de la oficialidad no hace más que defender los intereses del Estado y de sus sostenedores, el empresariado y la elite, por medio de leyes y modificaciones que van en pos de la defensa y beneficio de los derechos del Estado y la elite empresarial que lo sustenta.
Por su parte, los pequeños empresarios que soportan el negocio no logran desprenderse de la ideología imperante, del discurso que los atraviesa y piensa, y ruegan, piden airadamente una ley que norme el uso de las máquinas tragamonedas. En un escenario tal, el Estado no tiene más que responder a aquél pseudo “clamor popular”, dándoles en el gusto: Brindarles generosamente la ley que los hará sangrar y serles fieles tributarios, dignas meretrices de un amo bondadoso y comprensivo.
De todo ese dinero, nuestro solitario jugador no verá nada. Sólo tendrá ojos para su premio, su pequeño triunfo, su sustento alimentado por la elite y el aparato legislativo del Estado. Sin darse cuenta, todo aquel que dé saltitos de alegría por ganar unos cuantas monedas, estará siendo estafado y sodomizado por un aparato estatal altamente eficiente, y por cada uno de sus operarios.
9/28/10
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